Vuelve ‘Glee’. Vuelve ‘Girls’. Vuelve ‘Compañeros’. Vuelve ‘Harry Potter’, y también ‘Buffy, cazavampiros’. Volvió ya ‘Física o química’, ‘Malcolm’ y hasta ‘Scrubs’, que tuvo el buen tino de olvidar aquel final en su regreso. También ‘Carrie’, ‘Una rubia muy legal’, rebautizada como ‘Elle: Legalmente rubia’ porque, con Reese Witherspoon ya en los cincuenta, había que darle una vuelta al título. Pasan los años, pero Meryl Streep y Anne Hathaway visten una vez más de Prada y para luchar por la revista ‘Runway’ , y Sandra Bullock y Nicole Kidman cambian, mucho, pero mantienen intacta su química en el regreso de ‘Prácticamente magia’. Vuelve todo lo que puede volver y lo más probable es que, al terminar de leer este párrafo, se hayan anunciado otro puñado de reboots, spin-offs, remakes o secuelas tardías. Pero, ¿por qué este empeño por resucitar el pasado? O mejor dicho: ¿por qué precisamente ahora? La ficción siempre ha vivido de mirar atrás. El pasado, junto a la literatura, es su mejor cantera, la más cómoda y rentable: la marca previa otorga seguridad, ahorra costes de posicionamiento y minimiza el riesgo en una industria alérgica a la incertidumbre. Un título conocido llega a las pantallas con una comunidad de fieles ya en el bolsillo. Y no hay mejor gasolina que la nostalgia, sin duda la droga legal que más dinero mueve en la economía del entretenimiento. Pero achacar esta ola de regresos únicamente a la falta de ideas o al conservadurismo extremo de los despachos sería como ir a Oz y quedarse en la primera baldosa amarilla. Hay un motivo mucho más profundo: cada generación necesita volver al lugar donde fue feliz para reclamar su sitio en el mundo. Ocurrió en los noventa con el resurgimiento de los setenta (‘La tribu de los Brady’, ‘Movida del 76’), y antes en los setenta con la fiebre de los cincuenta (‘Grease’, ‘M*A*S*H’). Ahora le toca a la quinta del zumbido de Messenger y las llamadas perdidas. Los milenial asoman ya a puestos de responsabilidad que les permiten ser escuchados, ser vistos. Y como cualquier generación con poder y voz propia, no solo quieren consumir su juventud, quieren reinterpretarla y hacerla suya, dejar una impronta. Por eso asistimos a un doble fenómeno: la actualización de clásicos universales (‘Sentido y sensibilidad’, ‘Orgullo y perjuicio’, ‘Al este del Edén’ o la recién anunciada adaptación de ‘La regenta’ en Netflix) y la elevación de su propia iconografía a la categoría de culto. Ocurre en el cine y la televisión, pero también en la moda y en las campañas promocionales: la película ‘La hipótesis del amor’ (Prime Video), protagonizada por Lili Reinhart, basó gran parte de su estrategia en homenajear estética y estilísticamente a algunas de las más populares comedias románticas, con la protagonista imitando el vestuario de Kate Hudson en ‘Cómo perder a un chico en diez días’, de Drew Barrymore en ‘Por siempre jamás’ o el de Jennifer Garner en ‘El sueño de mi vida’. Ya no se trata solo de recordar, sino de reivindicar que aquella estética también era arte. Máquina del tiempoA esta necesidad generacional de trascendencia se le une la tecnología, que es como una máquina del tiempo, capaz de acelerar los segundos o de congelar un instante para siempre. En las plataformas de ‘streaming’, la cultura no caduca. Según datos de la consultora Luminate, recogidos por ‘The Economist’, más del 90% del visionado en plataformas como Disney+ o HBO Max corresponde a títulos de catálogo antiguo: producciones como ‘Friends’ o ‘Las chicas Gilmore’ no solo alimentan la morriña de quienes las vieron en directo, sino que reclutan de forma continua a espectadores adolescentes. Lo contaba Shemar Moore, conocido por ‘Mentes criminales’ o ‘S.W.A.T’, en una entrevista con ABC a propósito de la resurrección de esta última en otra cadena: «Con el ‘streaming’ ocurre como con Google o YouTube: puedes ver todo mi recorrido. Me gusta porque la gente puede ver mis comienzos, mi trayectoria, cómo ha crecido mi carrera y las decisiones que he ido tomando. Quienes estén descubriendo ‘S.W.A.T. Exiles’ y no hayan visto la serie original pueden ir a Netflix y ver cómo empezó todo».Imagen de ‘Compañeros’, ‘El diablo viste de Prada 2’ y la nueva ‘Sentido y sensibilidad’.El tiempo pasa pero lo que menos dura es el tiempo. En plena era de la inmediatez, las redes sociales han acortado los ciclos de la nostalgia. Lo que antes tardaba tres décadas en ponerse de moda ahora regresa en cuestión de años. La generación Z redescubre modas en TikTok a la velocidad de un clic, provocando que los fenómenos tengan segundas vidas casi de forma instantánea. No hay aniversario redondo, ni del estreno de ’10 razones para odiarte’ ni de la triste muerte de Heath Ledger, pero cualquier excusa es buena para volver allí, a las gradas en las que zancadeaba el actor con un micrófono. Quizás por eso se reunieron los actores del elenco, con Julia Stiles a la cabeza y sobre el escenario, para replicar el baile de la icónica comedia romántica de finales de los noventa y terminar recordando a quien no está pero sigue, igualmente, presente. Mirar atrás deja de ser un mero gesto de vanidad cuando se convierte en un refugio contra la incertidumbre del presente. Los milenials van y vuelven a los lugares donde se sintieron seguros para construir desde allí su legado cultural. Queda por ver cuánto tarda la siguiente generación en apropiarse de su pasado para jubilar la moda actual y decidir que lo vintage es, precisamente, todo lo que hoy estamos volviendo a estrenar. Vuelve ‘Glee’. Vuelve ‘Girls’. Vuelve ‘Compañeros’. Vuelve ‘Harry Potter’, y también ‘Buffy, cazavampiros’. Volvió ya ‘Física o química’, ‘Malcolm’ y hasta ‘Scrubs’, que tuvo el buen tino de olvidar aquel final en su regreso. También ‘Carrie’, ‘Una rubia muy legal’, rebautizada como ‘Elle: Legalmente rubia’ porque, con Reese Witherspoon ya en los cincuenta, había que darle una vuelta al título. Pasan los años, pero Meryl Streep y Anne Hathaway visten una vez más de Prada y para luchar por la revista ‘Runway’ , y Sandra Bullock y Nicole Kidman cambian, mucho, pero mantienen intacta su química en el regreso de ‘Prácticamente magia’. Vuelve todo lo que puede volver y lo más probable es que, al terminar de leer este párrafo, se hayan anunciado otro puñado de reboots, spin-offs, remakes o secuelas tardías. Pero, ¿por qué este empeño por resucitar el pasado? O mejor dicho: ¿por qué precisamente ahora? La ficción siempre ha vivido de mirar atrás. El pasado, junto a la literatura, es su mejor cantera, la más cómoda y rentable: la marca previa otorga seguridad, ahorra costes de posicionamiento y minimiza el riesgo en una industria alérgica a la incertidumbre. Un título conocido llega a las pantallas con una comunidad de fieles ya en el bolsillo. Y no hay mejor gasolina que la nostalgia, sin duda la droga legal que más dinero mueve en la economía del entretenimiento. Pero achacar esta ola de regresos únicamente a la falta de ideas o al conservadurismo extremo de los despachos sería como ir a Oz y quedarse en la primera baldosa amarilla. Hay un motivo mucho más profundo: cada generación necesita volver al lugar donde fue feliz para reclamar su sitio en el mundo. Ocurrió en los noventa con el resurgimiento de los setenta (‘La tribu de los Brady’, ‘Movida del 76’), y antes en los setenta con la fiebre de los cincuenta (‘Grease’, ‘M*A*S*H’). Ahora le toca a la quinta del zumbido de Messenger y las llamadas perdidas. Los milenial asoman ya a puestos de responsabilidad que les permiten ser escuchados, ser vistos. Y como cualquier generación con poder y voz propia, no solo quieren consumir su juventud, quieren reinterpretarla y hacerla suya, dejar una impronta. Por eso asistimos a un doble fenómeno: la actualización de clásicos universales (‘Sentido y sensibilidad’, ‘Orgullo y perjuicio’, ‘Al este del Edén’ o la recién anunciada adaptación de ‘La regenta’ en Netflix) y la elevación de su propia iconografía a la categoría de culto. Ocurre en el cine y la televisión, pero también en la moda y en las campañas promocionales: la película ‘La hipótesis del amor’ (Prime Video), protagonizada por Lili Reinhart, basó gran parte de su estrategia en homenajear estética y estilísticamente a algunas de las más populares comedias románticas, con la protagonista imitando el vestuario de Kate Hudson en ‘Cómo perder a un chico en diez días’, de Drew Barrymore en ‘Por siempre jamás’ o el de Jennifer Garner en ‘El sueño de mi vida’. Ya no se trata solo de recordar, sino de reivindicar que aquella estética también era arte. Máquina del tiempoA esta necesidad generacional de trascendencia se le une la tecnología, que es como una máquina del tiempo, capaz de acelerar los segundos o de congelar un instante para siempre. En las plataformas de ‘streaming’, la cultura no caduca. Según datos de la consultora Luminate, recogidos por ‘The Economist’, más del 90% del visionado en plataformas como Disney+ o HBO Max corresponde a títulos de catálogo antiguo: producciones como ‘Friends’ o ‘Las chicas Gilmore’ no solo alimentan la morriña de quienes las vieron en directo, sino que reclutan de forma continua a espectadores adolescentes. Lo contaba Shemar Moore, conocido por ‘Mentes criminales’ o ‘S.W.A.T’, en una entrevista con ABC a propósito de la resurrección de esta última en otra cadena: «Con el ‘streaming’ ocurre como con Google o YouTube: puedes ver todo mi recorrido. Me gusta porque la gente puede ver mis comienzos, mi trayectoria, cómo ha crecido mi carrera y las decisiones que he ido tomando. Quienes estén descubriendo ‘S.W.A.T. Exiles’ y no hayan visto la serie original pueden ir a Netflix y ver cómo empezó todo».Imagen de ‘Compañeros’, ‘El diablo viste de Prada 2’ y la nueva ‘Sentido y sensibilidad’.El tiempo pasa pero lo que menos dura es el tiempo. En plena era de la inmediatez, las redes sociales han acortado los ciclos de la nostalgia. Lo que antes tardaba tres décadas en ponerse de moda ahora regresa en cuestión de años. La generación Z redescubre modas en TikTok a la velocidad de un clic, provocando que los fenómenos tengan segundas vidas casi de forma instantánea. No hay aniversario redondo, ni del estreno de ’10 razones para odiarte’ ni de la triste muerte de Heath Ledger, pero cualquier excusa es buena para volver allí, a las gradas en las que zancadeaba el actor con un micrófono. Quizás por eso se reunieron los actores del elenco, con Julia Stiles a la cabeza y sobre el escenario, para replicar el baile de la icónica comedia romántica de finales de los noventa y terminar recordando a quien no está pero sigue, igualmente, presente. Mirar atrás deja de ser un mero gesto de vanidad cuando se convierte en un refugio contra la incertidumbre del presente. Los milenials van y vuelven a los lugares donde se sintieron seguros para construir desde allí su legado cultural. Queda por ver cuánto tarda la siguiente generación en apropiarse de su pasado para jubilar la moda actual y decidir que lo vintage es, precisamente, todo lo que hoy estamos volviendo a estrenar.

Vuelve ‘Glee’. Vuelve ‘Girls’. Vuelve ‘Compañeros’. Vuelve ‘Harry Potter’, y también ‘Buffy, cazavampiros’. Volvió ya ‘Física o química’, ‘Malcolm’ y hasta ‘Scrubs’, que tuvo el buen tino de olvidar aquel final en su regreso. También ‘Carrie’, ‘Una rubia muy legal’, rebautizada como ‘Elle: Legalmente rubia’ porque, con Reese Witherspoon ya en los cincuenta, había que darle una vuelta al título. Pasan los años, pero Meryl Streep y Anne Hathaway visten una vez más de Prada y para luchar por la revista ‘Runway’, y Sandra Bullock y Nicole Kidman cambian, mucho, pero mantienen intacta su química en el regreso de ‘Prácticamente magia’. Vuelve todo lo que puede volver y lo más probable es que, al terminar de leer este párrafo, se hayan anunciado otro puñado de reboots, spin-offs, remakes o secuelas tardías. Pero, ¿por qué este empeño por resucitar el pasado? O mejor dicho: ¿por qué precisamente ahora?
La ficción siempre ha vivido de mirar atrás. El pasado, junto a la literatura, es su mejor cantera, la más cómoda y rentable: la marca previa otorga seguridad, ahorra costes de posicionamiento y minimiza el riesgo en una industria alérgica a la incertidumbre. Un título conocido llega a las pantallas con una comunidad de fieles ya en el bolsillo. Y no hay mejor gasolina que la nostalgia, sin duda la droga legal que más dinero mueve en la economía del entretenimiento. Pero achacar esta ola de regresos únicamente a la falta de ideas o al conservadurismo extremo de los despachos sería como ir a Oz y quedarse en la primera baldosa amarilla. Hay un motivo mucho más profundo: cada generación necesita volver al lugar donde fue feliz para reclamar su sitio en el mundo. Ocurrió en los noventa con el resurgimiento de los setenta (‘La tribu de los Brady’, ‘Movida del 76’), y antes en los setenta con la fiebre de los cincuenta (‘Grease’, ‘M*A*S*H’). Ahora le toca a la quinta del zumbido de Messenger y las llamadas perdidas.
Los milenial asoman ya a puestos de responsabilidad que les permiten ser escuchados, ser vistos. Y como cualquier generación con poder y voz propia, no solo quieren consumir su juventud, quieren reinterpretarla y hacerla suya, dejar una impronta. Por eso asistimos a un doble fenómeno: la actualización de clásicos universales (‘Sentido y sensibilidad’, ‘Orgullo y perjuicio’, ‘Al este del Edén’ o la recién anunciada adaptación de ‘La regenta’ en Netflix) y la elevación de su propia iconografía a la categoría de culto.
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Ocurre en el cine y la televisión, pero también en la moda y en las campañas promocionales: la película ‘La hipótesis del amor’ (Prime Video), protagonizada por Lili Reinhart, basó gran parte de su estrategia en homenajear estética y estilísticamente a algunas de las más populares comedias románticas, con la protagonista imitando el vestuario de Kate Hudson en ‘Cómo perder a un chico en diez días’, de Drew Barrymore en ‘Por siempre jamás’ o el de Jennifer Garner en ‘El sueño de mi vida’. Ya no se trata solo de recordar, sino de reivindicar que aquella estética también era arte.
Máquina del tiempo
A esta necesidad generacional de trascendencia se le une la tecnología, que es como una máquina del tiempo, capaz de acelerar los segundos o de congelar un instante para siempre. En las plataformas de ‘streaming’, la cultura no caduca. Según datos de la consultora Luminate, recogidos por ‘The Economist’, más del 90% del visionado en plataformas como Disney+ o HBO Max corresponde a títulos de catálogo antiguo: producciones como ‘Friends’ o ‘Las chicas Gilmore’ no solo alimentan la morriña de quienes las vieron en directo, sino que reclutan de forma continua a espectadores adolescentes. Lo contaba Shemar Moore, conocido por ‘Mentes criminales’ o ‘S.W.A.T’, en una entrevista con ABC a propósito de la resurrección de esta última en otra cadena: «Con el ‘streaming’ ocurre como con Google o YouTube: puedes ver todo mi recorrido. Me gusta porque la gente puede ver mis comienzos, mi trayectoria, cómo ha crecido mi carrera y las decisiones que he ido tomando. Quienes estén descubriendo ‘S.W.A.T. Exiles’ y no hayan visto la serie original pueden ir a Netflix y ver cómo empezó todo».
El tiempo pasa pero lo que menos dura es el tiempo. En plena era de la inmediatez, las redes sociales han acortado los ciclos de la nostalgia. Lo que antes tardaba tres décadas en ponerse de moda ahora regresa en cuestión de años. La generación Z redescubre modas en TikTok a la velocidad de un clic, provocando que los fenómenos tengan segundas vidas casi de forma instantánea.
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No hay aniversario redondo, ni del estreno de ’10 razones para odiarte’ ni de la triste muerte de Heath Ledger, pero cualquier excusa es buena para volver allí, a las gradas en las que zancadeaba el actor con un micrófono. Quizás por eso se reunieron los actores del elenco, con Julia Stiles a la cabeza y sobre el escenario, para replicar el baile de la icónica comedia romántica de finales de los noventa y terminar recordando a quien no está pero sigue, igualmente, presente. Mirar atrás deja de ser un mero gesto de vanidad cuando se convierte en un refugio contra la incertidumbre del presente. Los milenials van y vuelven a los lugares donde se sintieron seguros para construir desde allí su legado cultural. Queda por ver cuánto tarda la siguiente generación en apropiarse de su pasado para jubilar la moda actual y decidir que lo vintage es, precisamente, todo lo que hoy estamos volviendo a estrenar.
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