Duró diez segundos la cogida y, sin embargo, allí cabía la guerra de los cien años. La vida y la muerte caminaban a la misma velocidad, con los pitones lamiendo la cintura, el pecho, el cuello, la cara y la cabellera de José Antonio Morante, que acabó con un mechón blanco, con medio rostro ceniza. Lo había prendido el de Garcigrande tras un hondo natural; cuando iba a ligar otro, lo cogió por los machos y le partió la pernera. Qué horror, qué percance más terrible. Decía el sacerdote en la misa de diez en la Manquita que celebrábamos uno de los días grandes de la Virgen, y tuvo que ser Ella la que echase su divino manto para que aquello no acabase en tragedia. Corría el miedo por los tendidos a la velocidad del AVE antes de Puente, con un ¡ay! de interminable angustia. Y costó aplacarlo cuando el torerazo de La Puebla regresó milagrosamente a la cara de Espartano, que así se llamaba el toro. Y el que estuvo hecho un espartano fue el maestro con unos muletazos más puros que el más aquilatado de los oros. Descalzo, con un valor a prueba de bombas, con una plomada fabulosa. Y de fábula los derechazos, toreando sin cuerpo, porque olvidado estaba, mientras se secaba el sudor a milímetros de Espartano con su pañuelito blanco. La torería habitó de principio a fin en esta cuarta obra, desde una honda verónica a las ceñidísimas chicuelinas al paso, con toda su gracia a cuestas. Para interpretar de nuevo en el quite a la mamá del toreo de capa. «¡Viva la madre que te trajo al mundo!», le gritarían luego. Un mundo que estuvo a punto de perder, y que enterró de un espadazo con el animal tremendamente complicado para darle matarile. Dios mío, qué cosas: ¡aquello se premió con una sola oreja! ¿Pero ustedes son conscientes de lo que vieron? El genio mereció salir a hombros con un grandioso Roca Rey y un imparable David de Miranda en una fecha emotivísima, otra de esas que crean afición, de las que se recordarán cuando acabe la temporada. Eran las diez menos diez cuando el peruano y el onubense eran balanceados por una marea humana por la puerta grande. Apoteósica.David de Miranda y Roca Rey salen a hombros EfeDe figurón Roca ya desde el segundo, con el que levantó un monumental quite por saltilleras, dejando que el toro sintiera el latido de su corazón. Impertérrito mientras el de los tendidos latía a mil por hora. No perdonó su turno Miranda, largo en las tafalleras. Irregular la lidia, con el tal Triunfador cada vez más apalancado. Presto al quite Morante, perfecto en su papel de director, aunque casi pierde pie al ir hacia atrás. Quiso rajarse el de Torrealta descaradamente tras las banderillas; el que no cacareó fue Roca Rey, con aplomado valor en la apertura de hinojos, con dos pendulares de infarto. La definición de entrega absoluta se hallaba en su faena. Así como el concepto de autoridad. Soberbio, acariciando descalzo y hundido la embestida, aprovechando la clase del mansito, al que obligó a romper. Cuando se echó la muleta a la izquierda ya le costaba más y regresó a la otra mano metido entre los pitones, con la cintura rota en dos redondos, con un arrimón de superhombre. Y toda la plaza en pie como nunca hasta entonces. «¡Torero, torero!», pero pinchó antes de la estocada y la pieza, que era de triunfo, quedó en una solitaria oreja. No se le escapó el doble galardón en el quinto, un garcigrande informal, que se venía recto, a veces por dentro. Mandón y dominador a carta cabal -con la locura de quedarse quieto y que pasara lo que tuviera que pasar-, tragó y lo obligó a pasar, ahora más crecido al natural. A su antojo jugó con el toro -por lo civil o por lo criminal-, que no era ningún bombón de licor, mientras sembraba la locura. Blanca tras la estocada se puso la plaza en el cartel que conmemoraba su 150 aniversario. Feria de Málaga Coso de la Malagueta Sábado, 22 de agosto de 2026. Corrida del 150 aniversario. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Torrealta (1º, 2º y 6º), Núñez del Cuvillo (3º) y Garcigrande (4º y 5º), desiguales de presencia, informales en general; destacó el 3º. Morante de la Puebla, de tabaco y oro: estocada desprendida, cuatro descabellos y se echa (silencio); estocada (oreja tras aviso) Roca Rey, de azul Estrella y oro: pinchazo y estocada (oreja); estocada (dos orejas tras aviso). David de Miranda, de teja y oro: estocada (dos orejas); pinchazo y estocada (aviso y petición). Palmas por Huelva y bonitos delantales en el saludo de David de Miranda, que se echó el capote a la espalda en unas gaoneras de enorme exposición. ¡Qué señor quite! Pura estampa tomista, con la personalidad propia en el toreo a una mano, por naturales y media brionesa, llenando todo el escenario. Al toro se le adivinaba mejor condición que a toda la corrida de Cuvillo, con un ritmo que se abría por el zurdo por sus mansitos flecos. Con el litrazo presentó la muleta para desplegarla con lentos naturales, con alguno de extraordinario trazo y muñeca quebrada. Y otro más, con un pase de pecho de hermoso sentimiento, con cadencia. Cuando el noble se aburrió y la labor perdía intensidad, se metió en las cercanías, con una arrucina inverosímil. Bernadinas y espadazo. Y dos orejas pedidas con la fuerza de la mayoría. A punto estuvo de llevarse un disgusto en las manoletinas al desfondado sexto de Torrealta. Duro había sido el mansurrón primero, frenado y pensativo, sin saber por dónde iba a venir. Un esfuerzo hizo Morante mientras la banda pegaba el petardo -el presidente no se quedaría atrás con sus avisos a destiempo- de emprender a tocar cuando se dirigía a por la espada. Preocupante su posterior percance, con dolores en la rodilla, por el varetazo y la caída, y en la cabeza. Pero con el milagro de seguir vivo. Duró diez segundos la cogida y, sin embargo, allí cabía la guerra de los cien años. La vida y la muerte caminaban a la misma velocidad, con los pitones lamiendo la cintura, el pecho, el cuello, la cara y la cabellera de José Antonio Morante, que acabó con un mechón blanco, con medio rostro ceniza. Lo había prendido el de Garcigrande tras un hondo natural; cuando iba a ligar otro, lo cogió por los machos y le partió la pernera. Qué horror, qué percance más terrible. Decía el sacerdote en la misa de diez en la Manquita que celebrábamos uno de los días grandes de la Virgen, y tuvo que ser Ella la que echase su divino manto para que aquello no acabase en tragedia. Corría el miedo por los tendidos a la velocidad del AVE antes de Puente, con un ¡ay! de interminable angustia. Y costó aplacarlo cuando el torerazo de La Puebla regresó milagrosamente a la cara de Espartano, que así se llamaba el toro. Y el que estuvo hecho un espartano fue el maestro con unos muletazos más puros que el más aquilatado de los oros. Descalzo, con un valor a prueba de bombas, con una plomada fabulosa. Y de fábula los derechazos, toreando sin cuerpo, porque olvidado estaba, mientras se secaba el sudor a milímetros de Espartano con su pañuelito blanco. La torería habitó de principio a fin en esta cuarta obra, desde una honda verónica a las ceñidísimas chicuelinas al paso, con toda su gracia a cuestas. Para interpretar de nuevo en el quite a la mamá del toreo de capa. «¡Viva la madre que te trajo al mundo!», le gritarían luego. Un mundo que estuvo a punto de perder, y que enterró de un espadazo con el animal tremendamente complicado para darle matarile. Dios mío, qué cosas: ¡aquello se premió con una sola oreja! ¿Pero ustedes son conscientes de lo que vieron? El genio mereció salir a hombros con un grandioso Roca Rey y un imparable David de Miranda en una fecha emotivísima, otra de esas que crean afición, de las que se recordarán cuando acabe la temporada. Eran las diez menos diez cuando el peruano y el onubense eran balanceados por una marea humana por la puerta grande. Apoteósica.David de Miranda y Roca Rey salen a hombros EfeDe figurón Roca ya desde el segundo, con el que levantó un monumental quite por saltilleras, dejando que el toro sintiera el latido de su corazón. Impertérrito mientras el de los tendidos latía a mil por hora. No perdonó su turno Miranda, largo en las tafalleras. Irregular la lidia, con el tal Triunfador cada vez más apalancado. Presto al quite Morante, perfecto en su papel de director, aunque casi pierde pie al ir hacia atrás. Quiso rajarse el de Torrealta descaradamente tras las banderillas; el que no cacareó fue Roca Rey, con aplomado valor en la apertura de hinojos, con dos pendulares de infarto. La definición de entrega absoluta se hallaba en su faena. Así como el concepto de autoridad. Soberbio, acariciando descalzo y hundido la embestida, aprovechando la clase del mansito, al que obligó a romper. Cuando se echó la muleta a la izquierda ya le costaba más y regresó a la otra mano metido entre los pitones, con la cintura rota en dos redondos, con un arrimón de superhombre. Y toda la plaza en pie como nunca hasta entonces. «¡Torero, torero!», pero pinchó antes de la estocada y la pieza, que era de triunfo, quedó en una solitaria oreja. No se le escapó el doble galardón en el quinto, un garcigrande informal, que se venía recto, a veces por dentro. Mandón y dominador a carta cabal -con la locura de quedarse quieto y que pasara lo que tuviera que pasar-, tragó y lo obligó a pasar, ahora más crecido al natural. A su antojo jugó con el toro -por lo civil o por lo criminal-, que no era ningún bombón de licor, mientras sembraba la locura. Blanca tras la estocada se puso la plaza en el cartel que conmemoraba su 150 aniversario. Feria de Málaga Coso de la Malagueta Sábado, 22 de agosto de 2026. Corrida del 150 aniversario. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Torrealta (1º, 2º y 6º), Núñez del Cuvillo (3º) y Garcigrande (4º y 5º), desiguales de presencia, informales en general; destacó el 3º. Morante de la Puebla, de tabaco y oro: estocada desprendida, cuatro descabellos y se echa (silencio); estocada (oreja tras aviso) Roca Rey, de azul Estrella y oro: pinchazo y estocada (oreja); estocada (dos orejas tras aviso). David de Miranda, de teja y oro: estocada (dos orejas); pinchazo y estocada (aviso y petición). Palmas por Huelva y bonitos delantales en el saludo de David de Miranda, que se echó el capote a la espalda en unas gaoneras de enorme exposición. ¡Qué señor quite! Pura estampa tomista, con la personalidad propia en el toreo a una mano, por naturales y media brionesa, llenando todo el escenario. Al toro se le adivinaba mejor condición que a toda la corrida de Cuvillo, con un ritmo que se abría por el zurdo por sus mansitos flecos. Con el litrazo presentó la muleta para desplegarla con lentos naturales, con alguno de extraordinario trazo y muñeca quebrada. Y otro más, con un pase de pecho de hermoso sentimiento, con cadencia. Cuando el noble se aburrió y la labor perdía intensidad, se metió en las cercanías, con una arrucina inverosímil. Bernadinas y espadazo. Y dos orejas pedidas con la fuerza de la mayoría. A punto estuvo de llevarse un disgusto en las manoletinas al desfondado sexto de Torrealta. Duro había sido el mansurrón primero, frenado y pensativo, sin saber por dónde iba a venir. Un esfuerzo hizo Morante mientras la banda pegaba el petardo -el presidente no se quedaría atrás con sus avisos a destiempo- de emprender a tocar cuando se dirigía a por la espada. Preocupante su posterior percance, con dolores en la rodilla, por el varetazo y la caída, y en la cabeza. Pero con el milagro de seguir vivo.

Duró diez segundos la cogida y allí cabía la guerra de los cien años. La vida y la muerte caminaban a la misma velocidad, con los pitones del toro lamiendo la cintura, el pecho, el cuello, la cara y la cabellera de José Antonio Morante, … que acabó con un mechón blanco, con medio rostro ceniza. Lo había prendido el de Garcigrande tras un hondo natural; cuando iba a ligar otro, lo cogió por los machos y el rompió la pernera. Qué horror, qué percance más terrible. Decía el sacerdote en la misa de diez en la catedral que celebrábamos uno de los días grandes de la Virgen, y tuvo que ser Ella la que echase su divino manto para que aquello no acabase en tragedia. Corría el miedo por los tendidos a la velocidad del AVE antes de Puente, con un ¡ay! de interminable angustia. Y costó aplacarlo cuando el torerazo de La Puebla regresó milagrosamente a la cara de Espartano, que así se llamaba el toro. Y el que estuvo hecho un espartano fue el maestro con unos muletazos más puros que el más aquilatado de los oros. Descalzo, con un valor a prueba de bombas, con una plomada fabulosa. Y de fábula los derechazos, toreando sin cuerpo, porque olvidado estaba, mientras se secaba el sudor a milímetros de Espartano con s upañuelito blanco. La torería habitó de principio a fin en esta cuarta obra, desde una honda verónica a las ceñidísimas chicuelinas al paso, con toda su gracia a cuestas. Para interpretar de nuevo en el quite a la mamá del toreo de capa. «¡Viva la madre que te trajo al mundo!», le gritarían luego. Un mundo que estuvo a punto de perder, y que enterrró de un espadazo con el animal tremendamente complicado para darle matarile. Dios mío, qué cosas: ¡aquello se premió con una sola oreja! ¿Pero ustedes son conscientes de lo que vieron? El genio mereció salir a hombros con un grandioso Roca Rey y un imparable David de Miranda en una tarde emotivísima, otra de esas que crean afición, de las que se recordarán cuando acabe la temporada. Eran las diez menos diez cuando el peruano y el onubense eran balanceados por una marea humana por la puerta grande. Apoteósica.
De figurón Roca ya desde el segundo, con elo que levantó un monumental quite por saltilleras, dejando que el toro sintiera el latido de su corazón. Impertérrito mientras el de los tendidos latía a mil por hora. No perdonó su turno David de Miranda, largo en las tafalleras con despaciosidad. Irregular la lidia, con el tal Triunfador cada vez más apalancado. Presto al quite Morante, perfecto en su papel de director, aunque casi pierde pie al ir hacia atrás. Quiso rajarse el de Torrealta descaradamente tras las banderillas; el que no cacareó fue Roca Rey, con aplomado valor en la apertura de hinojos, con dos pendulares de infarto. La definición de entrega absoluta se hallaba en su faena. Así como el concepto de autoridad. Soberbio, acariciando descalzo y asentado la embestida, aprovechando la clase del mansito, al que obligó a romper. Cuando se echó la muleta a la izquierda ya le costaba más y regresó a la otra mano metido entre los pitones, con la cintura rota en dos redondos, con un arrimón de superhombre. Y toda la plaza en pie como nunca hasta entonces. «¡Torero, torero!», pero pinchó antes de la estocada y la faena, que era de triunfo, quedó en una solitaria oreja. No se le escapó el doble galardón en el quinto, un garcigrande informal, que se venía recto, a veces por dentro. Dominador a carta cabal -con la locura de quedarse quieto y que pasara lo que tuviera que pasar-, tragó y lo obligó a pasar, ahora más crecido al natural. A su antojo jugó con el toro -por lo civil o por lo criminal-, que no era ningún bombón de licor, mientras sembraba la locura. Blanca tras la estocada se puso la plaza en el cartel que conmemoraba su 150 aniversario.
Feria de Málaga
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Coso de la Malagueta
Sábado, 22 de agosto de 2026. Corrida del 150 aniversario. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Torrealta (1º, 2º y 6º), Núñez del Cuvillo (3º) y Garcigrande (4º y 5º), desiguales de presencia, informales en general; destacó el 3º.
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Morante de la Puebla,
de tabaco y oro: estocada desprendida, cuatro descabellos y se echa (silencio); estocada (oreja tras saviso) -
Roca Rey,
de azul Estrella y oro: pinchazo y estocada (oreja); estocada (dos orejas). -
David de Miranda,
de teja y oro: estocada (dos orejas); pinchazo y estocada (aviso y petición).
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Palmas por Huelva y bonitos delantales en el saludo de David de Miranda, que se echó el capote a la espalda en unas gaoneras de enorme exposición. ¡Qué señor quite! Pura estampa tomista, con la tela fucsia a una mano, por naturales y media brionesa, llenando todo el escenario. Al toro se le adivinaba mejor condición que a toda la corrida de Cuvillo, con un ritmo que se abría por el zurdo por sus mansitos flecos. Con el litrazo presentó la muleta para desplegarla con lentos naturales, con alguno de extraordinario trazo y muñeca quebrada. Y otro más, con un pase de pecho de hermoso sentimiento, con cadencia. Cuando el toro se aburrió y la faena perdía intensidad, se metió en las cercanías, con una arrucina inverosímil. Bernadinas y espadazo. Y dos orejas pedidas con la fuerza de la mayoría. A punto estuvo de llevarse un disgusto en las manoletinas al desfondado sexto.
Duro había sido el mansurrón primero de Torrealta, frenado y pensativo, sin saber por dónde iba a venir. Un esfuerzo hizo Morante mientras la banda pegaba el petardo -el presidente no se quedaría atrás con sus avisos a destiempo- de emprender a tocar cuando se dirigía a por la espada. Preocupante su posterior percance, con dolores en la rodilla por el varetazo y por la caída, y con un golpe en la cabeza. Pero con el milagro de seguir vivo.
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