Hace tiempo me empeñé en leer poesía. Como no estaba acostumbrado, para generar cierto hábito me obligaba a subir todas las semanas un poema a mi cuenta de Instagram. Le ponía una foto inspiradora de fondo y palante. Les puedo jurar que lo hacía únicamente para mantener una nueva afición, pero sé que da igual. Oigo ya el runrún a kilómetros. Tiene la poesía esta combinación inevitable con la heterosexualidad, más aún si se la sumamos a las redes sociales: parece que solo se recita para ligar. Es un prejuicio rancio, además basado en una intuición jamás demostrada, porque ahora lo que se lleva es no rimar, hace tiempo que nadie marca diciendo algo como «Mi corazón está en guerra con mis ojos, por cómo repartirse el botín de tu aspecto», que es de Shakespeare, y es increíble, pero como digo, lógicamente ya funciona poco.De esos complejos nace también la idea de que la poesía es romántica, que trata exclusivamente de amor, cuando el verso se ha empleado para conversar de tantos temas como la prosa. Gloria Fuertes ha recitado sobre galletas, Rudyard Kipling sobre política y Philip Larkin sobre traumas heredados de los padres. Se ha hecho comedia, y mucha, en verso. Porque son artes hermanas, desde su concepción hasta su recepción. La poesía y la comedia surgen de un ego desmedido, sí; de un no tener reparo a dar la chapa, también. Pero por encima de todo aparecen gracias a una observación trucada del mundo, tan personal como voces existen. Por desgracia, los chistes y las rimas se etiquetan al peso. Es decir, todo el mundo entiende la comedia como una única cosa, a pesar de existir un cómico para cada persona. Y todo el mundo entiende la poesía como una única cosa, a pesar de poder encontrar un poeta para cada individuo.Hace unos años, en una entrevista con Ignatius para mi pódcast, le pregunté por esto. Ignatius es un gran cómico, pero también un gran poeta, y utilizo esta palabra con toda su concreción y amplitud. Es un artista que sabe rimar y sabe mirar. «Lo último que se le permite a un cómico es hablar honestamente y de corazón», me dijo, confirmando que el auténtico límite del humor no es la ofensa, sino la sinceridad. Una parte del público quiere al humorista callado, quizás porque no considera su mirada necesaria: cualquiera cuenta chistes. Convence tú a tu primo de que lo que él hace en una boda con dos copas y lo que un humorista hace en un escenario son cosas distintas. Más aún, convéncelo cuando el profesional, en su afán por explorar, resbala apuntando alto y no consigue risas, pero en la vomitada amateur hay un lugar común mil veces probado que atina y genera carcajada. Los poetas no arrastran este mismo prejuicio, porque su arte no es tan cotidiano, pero si se popularizase soltar sonetos, compartiríamos ese recelo.Inspirado por una caídaMientras la charla con Ignatius avanzaba con grandes verdades, yo me envalentonaba y le hice una pregunta demasiado larga, porque me encanta venirme arriba. —Eres una persona con una cantidad de referencias abismal y me gustaría preguntarte si en esa búsqueda de referencias, de conocimiento, que va desde leer a Dante hasta escuchar a Pryor, has encontrado a alguien que te calme por encima de todos, ¿hay alguien que sobresalga?—Arévalo me gusta también.Una parte del público quiere al humorista callado, quizás porque no considera su mirada necesaria: cualquiera cuenta chistesLa sala se derrumbó de la risa. Se la había puesto a huevo, y la aprovechó como cualquiera habría hecho. Cuando todos paramos de reír, él, con su habitual generosidad, me echó un cable, analizando lo ocurrido. «Cuando más estabas cebando, mejor. Tenía la respuesta ‘Arévalo’ desde hace cinco minutos. Pero es que lo que ha pasado explica muy bien la comedia. Ortega y Gasset decía en su libro ‘Meditaciones del Quijote’ que la comedia es la distancia que hay entre lo sublime y lo absurdo . Cuanto más grande sea esa caída, será más fuerte el impacto cómico». Imagino que, si la comedia es ese choque, la poesía es la que aparece para darte la mano y ayudarte a levantarte, mientras tú se la apartas y dices «estoy bien, quería ver si podía sobrevivir a la caída». Hace tiempo me empeñé en leer poesía. Como no estaba acostumbrado, para generar cierto hábito me obligaba a subir todas las semanas un poema a mi cuenta de Instagram. Le ponía una foto inspiradora de fondo y palante. Les puedo jurar que lo hacía únicamente para mantener una nueva afición, pero sé que da igual. Oigo ya el runrún a kilómetros. Tiene la poesía esta combinación inevitable con la heterosexualidad, más aún si se la sumamos a las redes sociales: parece que solo se recita para ligar. Es un prejuicio rancio, además basado en una intuición jamás demostrada, porque ahora lo que se lleva es no rimar, hace tiempo que nadie marca diciendo algo como «Mi corazón está en guerra con mis ojos, por cómo repartirse el botín de tu aspecto», que es de Shakespeare, y es increíble, pero como digo, lógicamente ya funciona poco.De esos complejos nace también la idea de que la poesía es romántica, que trata exclusivamente de amor, cuando el verso se ha empleado para conversar de tantos temas como la prosa. Gloria Fuertes ha recitado sobre galletas, Rudyard Kipling sobre política y Philip Larkin sobre traumas heredados de los padres. Se ha hecho comedia, y mucha, en verso. Porque son artes hermanas, desde su concepción hasta su recepción. La poesía y la comedia surgen de un ego desmedido, sí; de un no tener reparo a dar la chapa, también. Pero por encima de todo aparecen gracias a una observación trucada del mundo, tan personal como voces existen. Por desgracia, los chistes y las rimas se etiquetan al peso. Es decir, todo el mundo entiende la comedia como una única cosa, a pesar de existir un cómico para cada persona. Y todo el mundo entiende la poesía como una única cosa, a pesar de poder encontrar un poeta para cada individuo.Hace unos años, en una entrevista con Ignatius para mi pódcast, le pregunté por esto. Ignatius es un gran cómico, pero también un gran poeta, y utilizo esta palabra con toda su concreción y amplitud. Es un artista que sabe rimar y sabe mirar. «Lo último que se le permite a un cómico es hablar honestamente y de corazón», me dijo, confirmando que el auténtico límite del humor no es la ofensa, sino la sinceridad. Una parte del público quiere al humorista callado, quizás porque no considera su mirada necesaria: cualquiera cuenta chistes. Convence tú a tu primo de que lo que él hace en una boda con dos copas y lo que un humorista hace en un escenario son cosas distintas. Más aún, convéncelo cuando el profesional, en su afán por explorar, resbala apuntando alto y no consigue risas, pero en la vomitada amateur hay un lugar común mil veces probado que atina y genera carcajada. Los poetas no arrastran este mismo prejuicio, porque su arte no es tan cotidiano, pero si se popularizase soltar sonetos, compartiríamos ese recelo.Inspirado por una caídaMientras la charla con Ignatius avanzaba con grandes verdades, yo me envalentonaba y le hice una pregunta demasiado larga, porque me encanta venirme arriba. —Eres una persona con una cantidad de referencias abismal y me gustaría preguntarte si en esa búsqueda de referencias, de conocimiento, que va desde leer a Dante hasta escuchar a Pryor, has encontrado a alguien que te calme por encima de todos, ¿hay alguien que sobresalga?—Arévalo me gusta también.Una parte del público quiere al humorista callado, quizás porque no considera su mirada necesaria: cualquiera cuenta chistesLa sala se derrumbó de la risa. Se la había puesto a huevo, y la aprovechó como cualquiera habría hecho. Cuando todos paramos de reír, él, con su habitual generosidad, me echó un cable, analizando lo ocurrido. «Cuando más estabas cebando, mejor. Tenía la respuesta ‘Arévalo’ desde hace cinco minutos. Pero es que lo que ha pasado explica muy bien la comedia. Ortega y Gasset decía en su libro ‘Meditaciones del Quijote’ que la comedia es la distancia que hay entre lo sublime y lo absurdo . Cuanto más grande sea esa caída, será más fuerte el impacto cómico». Imagino que, si la comedia es ese choque, la poesía es la que aparece para darte la mano y ayudarte a levantarte, mientras tú se la apartas y dices «estoy bien, quería ver si podía sobrevivir a la caída».
Hace tiempo me empeñé en leer poesía. Como no estaba acostumbrado, para generar cierto hábito me obligaba a subir todas las semanas un poema a mi cuenta de Instagram. Le ponía una foto inspiradora de fondo y palante. Les puedo jurar que lo hacía únicamente … para mantener una nueva afición, pero sé que da igual. Oigo ya el runrún a kilómetros. Tiene la poesía esta combinación inevitable con la heterosexualidad, más aún si se la sumamos a las redes sociales: parece que solo se recita para ligar. Es un prejuicio rancio, además basado en una intuición jamás demostrada, porque ahora lo que se lleva es no rimar, hace tiempo que nadie marca diciendo algo como «Mi corazón está en guerra con mis ojos, por cómo repartirse el botín de tu aspecto», que es de Shakespeare, y es increíble, pero como digo, lógicamente ya funciona poco.
De esos complejos nace también la idea de que la poesía es romántica, que trata exclusivamente de amor, cuando el verso se ha empleado para conversar de tantos temas como la prosa. Gloria Fuertes ha recitado sobre galletas, Rudyard Kipling sobre política y Philip Larkin sobre traumas heredados de los padres. Se ha hecho comedia, y mucha, en verso. Porque son artes hermanas, desde su concepción hasta su recepción. La poesía y la comedia surgen de un ego desmedido, sí; de un no tener reparo a dar la chapa, también. Pero por encima de todo aparecen gracias a una observación trucada del mundo, tan personal como voces existen. Por desgracia, los chistes y las rimas se etiquetan al peso. Es decir, todo el mundo entiende la comedia como una única cosa, a pesar de existir un cómico para cada persona. Y todo el mundo entiende la poesía como una única cosa, a pesar de poder encontrar un poeta para cada individuo.
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Hace unos años, en una entrevista con Ignatius para mi pódcast, le pregunté por esto. Ignatius es un gran cómico, pero también un gran poeta, y utilizo esta palabra con toda su concreción y amplitud. Es un artista que sabe rimar y sabe mirar. «Lo último que se le permite a un cómico es hablar honestamente y de corazón», me dijo, confirmando que el auténtico límite del humor no es la ofensa, sino la sinceridad. Una parte del público quiere al humorista callado, quizás porque no considera su mirada necesaria: cualquiera cuenta chistes. Convence tú a tu primo de que lo que él hace en una boda con dos copas y lo que un humorista hace en un escenario son cosas distintas. Más aún, convéncelo cuando el profesional, en su afán por explorar, resbala apuntando alto y no consigue risas, pero en la vomitada amateur hay un lugar común mil veces probado que atina y genera carcajada. Los poetas no arrastran este mismo prejuicio, porque su arte no es tan cotidiano, pero si se popularizase soltar sonetos, compartiríamos ese recelo.
Inspirado por una caída
Mientras la charla con Ignatius avanzaba con grandes verdades, yo me envalentonaba y le hice una pregunta demasiado larga, porque me encanta venirme arriba.
—Eres una persona con una cantidad de referencias abismal y me gustaría preguntarte si en esa búsqueda de referencias, de conocimiento, que va desde leer a Dante hasta escuchar a Pryor, has encontrado a alguien que te calme por encima de todos, ¿hay alguien que sobresalga?
—Arévalo me gusta también.
Una parte del público quiere al humorista callado, quizás porque no considera su mirada necesaria: cualquiera cuenta chistes
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La sala se derrumbó de la risa. Se la había puesto a huevo, y la aprovechó como cualquiera habría hecho. Cuando todos paramos de reír, él, con su habitual generosidad, me echó un cable, analizando lo ocurrido. «Cuando más estabas cebando, mejor. Tenía la respuesta ‘Arévalo’ desde hace cinco minutos. Pero es que lo que ha pasado explica muy bien la comedia. Ortega y Gasset decía en su libro ‘Meditaciones del Quijote’ que la comedia es la distancia que hay entre lo sublime y lo absurdo. Cuanto más grande sea esa caída, será más fuerte el impacto cómico». Imagino que, si la comedia es ese choque, la poesía es la que aparece para darte la mano y ayudarte a levantarte, mientras tú se la apartas y dices «estoy bien, quería ver si podía sobrevivir a la caída».
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