Aquella era una noche sin luna. La penumbra llegó de súbito y se tragó el día con voracidad, como si quisiera estar a tono con la oscuridad de las almas que estaban en el cambuche. El calor era opresivo y los soldados hedían a humedad pegada a la ropa.
Aquella era una noche sin luna. La penumbra llegó de súbito y se tragó el día con voracidad, como si quisiera estar a tono con la oscuridad de las almas que estaban en el cambuche. El calor era opresivo y los soldados hedían a humedad pegada a la ropa. Seguir leyendo
Aquella era una noche sin luna. La penumbra llegó de súbito y se tragó el día con voracidad, como si quisiera estar a tono con la oscuridad de las almas que estaban en el cambuche. El calor era opresivo y los soldados hedían a humedad pegada a la ropa.
En la segunda escuadra de la compañía Antílope sabían conjugar el verbo esperar. Marchar, trotar o combatir son los verbos espectaculares de la vida de un soldado, pero esperar es el de rutina, el real. Se espera —una orden, un movimiento, un grito, un disparo— y siempre en silencio. Pero el silencio en la milicia suele preceder al horror, que llega justo cuando los soldados bucean en sus adentros.
Esa noche oscura y de espera fue a finales de abril de 2007 y en este campamento improvisado se palpaba el hastío; las ganas de largarse al carajo, de colgar el fusil, de quitarse el camuflado; las ganas de sentarse a escuchar vallenatos, sin botas y mejor en chanclas, y con una cerveza helada —helada de verdad— en la mano, sentados en el solar de su casa o en cualquier taberna de su pueblo.
Pero ahora estaban en el Nudo del Paramillo. Hacía días que no pasaba nada en estas tierras, en este entresijo de montañas donde muere la cordillera Occidental y en esta selva húmeda que agobia. El cuerpo estaba en esa noche oscura y la cabeza en otro lugar.
Algunos quizá tarareaban “¡Ay, ay, ay, ay!… ¡Qué bonita es esta vida!”, la canción que en ese tiempo sonaba hasta el hartazgo en cualquier rincón perdido de Colombia. Otros a lo mejor pensaban en la humedad —otra vez la humedad de esta selva tropical— o en el permiso de 15 días que el capitán García le había prometido a la tropa. Y entonces recordaban también a la cucha; un soldado siempre piensa en la cucha… y en la novia. Se acercaba el Día de la Madre, una fecha especial para cualquier colombiano que se diga serlo de verdad.
Algunos, tal vez, pensaban en lo que estaban a punto de hacer, porque es imposible acallar la conciencia.
La tropa del Batallón Rifles ya llevaba un mes en San Juan, el corregimiento de Puerto Libertador, en Córdoba, un micromundo de tres calles largas sin pavimentar que empezaban en una quebrada cristalina y que morían al chocarse con una montaña.
San Juan era una paradoja: tenía más cantinas que habitantes y en cada esquina brotaba la plata rápida de la coca, pero la gente vivía en casas de madera y techos de paja, y no había ni alumbrado público. De día, se sentía la música de las cantinas, corrían los tragos de aguardiente y se veían mulas apeadas en las esquinas esperando para adentrarse con la mercancía entre los pliegues espesos del Nudo del Paramillo. De noche, ya sin energía, se sentía una mezcla entre el sonido de la quebrada y el zumbido de una que otra planta eléctrica.
En un rincón de ese pueblo, en una casa abandonada cerca de la cancha deportiva, por la misma calle que da a la quebrada, los soldados colgaban sus hamacas, esperaban y se aburrían. Afuera de su cambuche, el país —el mundo— seguía ocupado en otros asuntos.
El precio de la cocaína caía un 35 % en Nueva York. George Bush celebraba el día contra la malaria “al mejor estilo del ‘guepajé’. Stephen Hawking se alistaba para probar un vuelo en ingravidez. En Bogotá, un condón “encendía polémica” en un colegio y ocasionaba una rebelión de rectores que alertaban que una campaña de preservativos solo causaría promiscuidad. El presidente Álvaro Uribe se peleaba contra Human Rights Watch porque la organización denunció asesinatos de sindicalistas. Un jefe paramilitar revelaba en la Fiscalía que el temido Carlos Castaño fue quien mandó a matar a su hermano Fidel; a Vicente, el otro hermano, lo buscaban por el asesinato de Carlos. La nota, publicada el 26 de abril en el diario El Tiempo, apeló al mito bíblico para intentar explicar esa cadena de violencia filial: “Hermanos Castaño Gil: ¿Por lo menos dos Caínes?”.
Todos los soldados tendidos en las hamacas representaban ese país. Algunos eran oriundos de ahí cerca, de Córdoba, donde ese clan de los Castaño —el de los hermanos que se acabaron entre ellos— desató las masacres más horrorosas que se recuerden y tapizó de sangre todos los campos.
Otros provenían de algunos de los municipios de Antioquia: de Nechí, de El Bagre o de Caucasia, donde la vida y la muerte se pagaban con coca. Había un cachaco —que es como llaman a los nacidos en Bogotá—, un chocoano, del departamento en la costa Pacífica, y un guajiro, la zona más al norte del país y de toda Suramérica.
Ninguno de ellos superaba los 27 años. Todos estaban en el Ejército para tener de qué vivir: así se lo contaron ellos mismos en las pocas charlas cuando no estaban en el silencio de la espera. Morales, Dávila, Negrete, Nieto, Montoya, Morera y Montes estaban entre los integrantes de la escuadra de Antílope. Sus comandantes, los que ordenaban todo, incluidos los disparos, eran el capitán García y el cabo Pineda.
El guajiro Luis Esteban Montes era uno de los soldados más nuevos en ese grupo. Se había enlistado pocos meses antes, aun en contra de Tomás, su padre, que temía perder a su muchacho en una guerra de otros, de mandamases en oficinas climatizadas. Era el niño de la casa, el hijo menor del primero de varios matrimonios de su papá, un comerciante de Maicao que, con quinto de primaria y a mucho orgullo, educó a sus hijos.
Para ese momento, Luis Esteban era lo que se dice un muchacho común. Estudió en un colegio público y sus notas revelaban que era un buen alumno; le gustaba el trago, sí, pero no de forma constante, decía su papá. Y era hablador y cantarín, aun en las noches de centinela que solía evitar. Montes prestó servicio militar obligatorio y, como muchos colombianos, quiso seguir la carrera en el Ejército para tener acceso a un trabajo estable, una completa rareza en un país donde el empleo es absurdamente informal: más de la mitad de las plazas ocupadas pertenecen a esa categoría.
La prueba sicológica de ingreso a la vida de soldado profesional determinó que Luis Esteban era alguien emocionalmente estable, sin problemas de atención, de percepción o de memoria. Según la sicóloga militar, tenía un coeficiente intelectual normal, “de bachiller”, y su condición familiar era “huérfano de padre” —no se sabe por qué razón la especialista lo consignó así en su informe—.
Los resultados de la entrevista arrojaron que era una persona promedio. Y la descripción física que quedó en los registros también apuntó a eso, era uno más: contextura media; altura de la frente, media; cara alargada, cabello negro liso y peinado hacia atrás, ojos color café oscuro, pestañas lisas, perfil recto, boca pequeña, labios medianos, bigote escaso, orejas medianas, nariz ligeramente desviada a la derecha, piel blanca, vello en los brazos. Nada que permitiera recordarlo. Ni siquiera los exámenes médicos mostraron algo extraordinario: electrocardiograma normal, sin evidencia de que algo fuera a saltar en su corazón.
Aquella noche sin luna, el soldado Montes estaba buscando un teléfono para llamar a su mamá. No se podía alejar mucho porque, cuando regresaran Morales Marriaga y Dávila Tafur, sería el momento de cumplir la misión que les había encomendado el capitán. Y en esas estaba, buscando cómo hacer la llamada, cuando le gritaron la orden:
—¡Guajiro! Salga para el cambuche enseguida que arrancamos dentro de dos horas. ¡Ya trajeron al man!
¡El man! Montes no sabe por qué, pero esas dos palabras le punzaron el estómago como un millón de alfileres. En la compañía todos sabían que andaban planeando una operación. No era necesario decir exactamente qué: era como uno de esos secretos de familia que se ocultan por mucho tiempo, pero que a la hora de la verdad todos conocen.
Quizá tampoco querían usar palabras fatales, ruidosas. Pero se preparaba algo y el grito le confirmó a Montes que habían traído el man para legalizar. Ese era el eufemismo perfecto, en un lugar y en un ambiente que es el reino de los eufemismos.
Días atrás había empezado la misión. El capitán García les dio dinero a Morales Marriaga y a Dávila Tafur para que fueran a Río Verde, el corregimiento en el norte de Puerto Libertador, a unos 45 minutos en moto desde el campamento. Su tarea era acercarse a algún muchacho, analizarlo; encontrar su lado débil, su necesidad.
En poco tiempo, lograron que les ayudara con tareas rutinarias: les lavaba la ropa, les cocinaba, y les dejaba colgar la hamaca en el solar de su casa. Se ganaron su confianza a punta de juegos de billar y de tandas de cerveza, tan necesaria en ese calor insoportable. Quién sabe qué le dijeron para convencerlo de salir de su casa e irse a otro pueblo, supuestamente a buscar las mismas cantinas, pero lo cierto es que, cuando llegaron al campamento militar, iban animados y medio borrachos.
Esa fue la llegada que sacó por fin a la tropa de la modorra. Ahora sí estaban listos pa’ lo que fuera. Montes —quizá producto de la punzada o movido por una premonición— quiso saber más. Por eso buscó a un compañero y le preguntó:
—Venga, curso, ¿de dónde sacaron al tipo?, ¿de dónde es o qué?, ¿dónde está ahora?
—Es de La Guajira, como usted —le contestó—. Está por allá en una hamaca.
Su compañero le señaló con la boca el solar de la caseta abandonada donde estaban los cambuches; luego continuó, con una advertencia:
—Pero acuérdese, soldado, que está prohibido hablar con él. Sin orden del capitán nadie puede acercarse.
Luis Esteban Montes se insubordinó —sin más motivo aparente que la intriga que le hormigueaba el cuerpo— y fue hasta el solar; se acercó a la hamaca. Todo estaba en penumbra. Apenas podía verse la palma de sus manos. Encendió un cigarrillo.
—Oiga soldado, hágame un favor: ¿me regala uno? —oyó que le pedían desde la hamaca.
Comprobó que la voz tenía acento costeño, pero más allá de esa cadencia no advirtió nada más. Luis Esteban estiró el brazo y comenzó una conversación rápida. Que en qué ciudad de La Guajira había nacido; que si tenía esposa e hijos, que cuántos. Las respuestas eran parcas, pero suficientes para que una de ellas lo estremeciera:
—Ajá… vivo en la calle 22 por la iglesia de San Antonio.
El soldado Montes se sintió incómodo. ¿Cómo podría saber ese desconocido esa dirección, la calle de su infancia en su pueblo, a kilómetros de donde estaban ahora en medio de la total oscuridad? ¿Qué broma pesada era esa?
—Yo también vivo por ahí, pero no te conozco —le soltó el soldado, molesto, y luego le lanzó una pregunta que no pudo contener—: ven acá, dime una cosa, ¿cómo se llama tu papá?
La presencia desde la hamaca se quedó en silencio.
—¿En qué trabaja tu papá? —insistió Montes.
—Mi papá se llama Tomás Montes —contestó al fin la voz desde la hamaca.
A Luis Esteban le bajó un escalofrío por la espalda y al mismo tiempo la cara se le incendió con un calor súbito. Sintió en el corazón el galope de un caballo buscando salida.
—¡Tú eres Leonardo!… ¡No joda! ¡Tú eres mi hermano!
¿Qué posibilidades tiene un soldado de matar a su hermano? ¿De matarlo, no en un enfrentamiento de esos que surgen en el conflicto que vive Colombia, sino de asesinarlo, aun sabiendo que es un civil, para luego presentarlo como víctima de un supuesto combate? ¿Qué nivel de desgracia arrastra un país para que exista siquiera la posibilidad de quedar en ese camino del destino? ¿Qué hubiera pasado si Luis Esteban no enciende el cigarrillo? ¿Cuál sería el destino si en lugar de hablar de la calle donde vivió en La Guajira hubiera elegido otro tema? ¿Qué habría ocurrido si el soldado y el muchacho que llevaron al cambuche hubieran fumado en silencio? ¿Qué habría sido de la historia si Luis Esteban hubiera seguido la orden de sus superiores de no asomarse por ese solar? ¿Qué habría sido de este soldado sin las premoniciones de su misma sangre que lo sacudieron y lo pusieron a prueba?
¿Cómo funciona el azar?
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