Siempre es verano en la vida del hombre que nos llevó a conocer el hielo. Mientras conducía rumbo a Acapulco, Gabriel García Márquez tuvo una epifanía: escribir la saga que contara la historia de varias generaciones de la familia Buendía. «De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y desgarrador que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera». García Márquez tenía 38 años, cuatro libros publicados y en su cabeza el comienzo de la mejor novela escrita durante el siglo XX: su ‘Cien años de soledad’.A comienzos de agosto de 1966, el escritor y su mujer acudieron a la oficina de correos de México para enviar a Buenos Aires la versión terminada del manuscrito: un paquete de 590 cuartillas dirigidas a Francisco Porrua , director literario de la editorial Sudamericana. El envío costaba 82 pesos. Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera. «Sólo tenemos 53». De esa peripecia surgió una anécdota que durante años ha llenado las tertulias y especulaciones de editores, periodistas, investigadores y lectores. «Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte», contó Gabo sobre la gesta de aquel verano. Ansioso por leerla, Porrúa pagó el envío del resto. La novela fue publicada. Desde ese día hasta hoy ha vendido más de cincuenta millones de ejemplares en todo el mundo.En ‘Cien años de soledad’, Gabriel García Márquez inventó un mundo en el que siempre luce el sol. Para dar a conocerlo confeccionó una forma única de contarlo: un universo familiar impetuoso; un reino de peces de oro y una nube de mariposas amarillas sobre la que Remedios la Bella se eleva como una promesa. Alguien nacido en el Caribe colombiano difícilmente puede contar algo ordinario. El Gabo creció en Aracataca , en la Costa Colombiana del Caribe, fascinado por las fabulosas historias de espíritus que su abuela Tranquilina Iguarán Cotes le relataba «con cara de palo». Así lo contó el periodista Carlos G. Reigosa en ‘La Galicia mágica de García Márquez’ (Auga Editorial), en cuyas páginas defiende la tesis de los orígenes gallegos de Tranquilina como una posible influencia sobre García Márquez. La historia, sin embargo, es algo más compleja que eso. García Márquez creció rodeado por sus abuelos maternos y sus tías, pues sus padres, el telegrafista Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez , se marcharon a vivir a la población de Sucre cuando el escritor tenía apenas seis años. De aquel universo salieron buena parte de sus personajes: su abuelo fue el coronel Nicolás Márquez , veterano de la Guerra de los Mil Días , quien le contaba al pequeño Gabriel infinidad de historias de su juventud y de las guerras civiles del siglo XIX en el tiempo de los paseos rumbo al circo y al cine. Con ese material, García Márquez compuso un fresco alucinado. El resultado fue aquel Macondo que bebe del Faulkner de Yoknapatawpha : aquella región en la que el pirata Francis Drake mataba caimanes a cañonazos y un galeón plantado en medio de la selva empujó al coronel Aureliano Buendía a atravesar la región buscando el mar, la más grande aventura a la que podamos asomarnos este y todos los veranos. Siempre es verano en la vida del hombre que nos llevó a conocer el hielo. Mientras conducía rumbo a Acapulco, Gabriel García Márquez tuvo una epifanía: escribir la saga que contara la historia de varias generaciones de la familia Buendía. «De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y desgarrador que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera». García Márquez tenía 38 años, cuatro libros publicados y en su cabeza el comienzo de la mejor novela escrita durante el siglo XX: su ‘Cien años de soledad’.A comienzos de agosto de 1966, el escritor y su mujer acudieron a la oficina de correos de México para enviar a Buenos Aires la versión terminada del manuscrito: un paquete de 590 cuartillas dirigidas a Francisco Porrua , director literario de la editorial Sudamericana. El envío costaba 82 pesos. Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera. «Sólo tenemos 53». De esa peripecia surgió una anécdota que durante años ha llenado las tertulias y especulaciones de editores, periodistas, investigadores y lectores. «Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte», contó Gabo sobre la gesta de aquel verano. Ansioso por leerla, Porrúa pagó el envío del resto. La novela fue publicada. Desde ese día hasta hoy ha vendido más de cincuenta millones de ejemplares en todo el mundo.En ‘Cien años de soledad’, Gabriel García Márquez inventó un mundo en el que siempre luce el sol. Para dar a conocerlo confeccionó una forma única de contarlo: un universo familiar impetuoso; un reino de peces de oro y una nube de mariposas amarillas sobre la que Remedios la Bella se eleva como una promesa. Alguien nacido en el Caribe colombiano difícilmente puede contar algo ordinario. El Gabo creció en Aracataca , en la Costa Colombiana del Caribe, fascinado por las fabulosas historias de espíritus que su abuela Tranquilina Iguarán Cotes le relataba «con cara de palo». Así lo contó el periodista Carlos G. Reigosa en ‘La Galicia mágica de García Márquez’ (Auga Editorial), en cuyas páginas defiende la tesis de los orígenes gallegos de Tranquilina como una posible influencia sobre García Márquez. La historia, sin embargo, es algo más compleja que eso. García Márquez creció rodeado por sus abuelos maternos y sus tías, pues sus padres, el telegrafista Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez , se marcharon a vivir a la población de Sucre cuando el escritor tenía apenas seis años. De aquel universo salieron buena parte de sus personajes: su abuelo fue el coronel Nicolás Márquez , veterano de la Guerra de los Mil Días , quien le contaba al pequeño Gabriel infinidad de historias de su juventud y de las guerras civiles del siglo XIX en el tiempo de los paseos rumbo al circo y al cine. Con ese material, García Márquez compuso un fresco alucinado. El resultado fue aquel Macondo que bebe del Faulkner de Yoknapatawpha : aquella región en la que el pirata Francis Drake mataba caimanes a cañonazos y un galeón plantado en medio de la selva empujó al coronel Aureliano Buendía a atravesar la región buscando el mar, la más grande aventura a la que podamos asomarnos este y todos los veranos.
Siempre es verano en la vida del hombre que nos llevó a conocer el hielo. Mientras conducía rumbo a Acapulco, Gabriel García Márquez tuvo una epifanía: escribir la saga que contara la historia de varias generaciones de la familia Buendía. «De pronto, a principios … de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y desgarrador que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera». García Márquez tenía 38 años, cuatro libros publicados y en su cabeza el comienzo de la mejor novela escrita durante el siglo XX: su ‘Cien años de soledad’.
A comienzos de agosto de 1966, el escritor y su mujer acudieron a la oficina de correos de México para enviar a Buenos Aires la versión terminada del manuscrito: un paquete de 590 cuartillas dirigidas a Francisco Porrua, director literario de la editorial Sudamericana. El envío costaba 82 pesos. Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera. «Sólo tenemos 53». De esa peripecia surgió una anécdota que durante años ha llenado las tertulias y especulaciones de editores, periodistas, investigadores y lectores. «Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte», contó Gabo sobre la gesta de aquel verano. Ansioso por leerla, Porrúa pagó el envío del resto. La novela fue publicada. Desde ese día hasta hoy ha vendido más de cincuenta millones de ejemplares en todo el mundo.
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Karina Sainz Borgo
En ‘Cien años de soledad’, Gabriel García Márquez inventó un mundo en el que siempre luce el sol. Para dar a conocerlo confeccionó una forma única de contarlo: un universo familiar impetuoso; un reino de peces de oro y una nube de mariposas amarillas sobre la que Remedios la Bella se eleva como una promesa. Alguien nacido en el Caribe colombiano difícilmente puede contar algo ordinario. El Gabo creció en Aracataca, en la Costa Colombiana del Caribe, fascinado por las fabulosas historias de espíritus que su abuela Tranquilina Iguarán Cotes le relataba «con cara de palo». Así lo contó el periodista Carlos G. Reigosa en ‘La Galicia mágica de García Márquez’ (Auga Editorial), en cuyas páginas defiende la tesis de los orígenes gallegos de Tranquilina como una posible influencia sobre García Márquez. La historia, sin embargo, es algo más compleja que eso.
García Márquez creció rodeado por sus abuelos maternos y sus tías, pues sus padres, el telegrafista Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez, se marcharon a vivir a la población de Sucre cuando el escritor tenía apenas seis años. De aquel universo salieron buena parte de sus personajes: su abuelo fue el coronel Nicolás Márquez, veterano de la Guerra de los Mil Días, quien le contaba al pequeño Gabriel infinidad de historias de su juventud y de las guerras civiles del siglo XIX en el tiempo de los paseos rumbo al circo y al cine. Con ese material, García Márquez compuso un fresco alucinado. El resultado fue aquel Macondo que bebe del Faulkner de Yoknapatawpha: aquella región en la que el pirata Francis Drake mataba caimanes a cañonazos y un galeón plantado en medio de la selva empujó al coronel Aureliano Buendía a atravesar la región buscando el mar, la más grande aventura a la que podamos asomarnos este y todos los veranos.
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