Norman Mailer (Nueva Jersey, 1923; Nueva York, 2007) hoy sería carne de cancelación. Excesivo, pendenciero, provocador, mujeriego y egocéntrico, acumuló episodios que arruinarían a cualquier personaje público. Él, sin embargo, sobrevivió a todo. Fue toda una celebridad cultural: ganó dos premios Pulitzer, impulsó el Nuevo Periodismo e intentó ser alcalde de Nueva York. Tuvo una vida «maravillosamente grotesca y adictiva», resume Richard Bradford en la biografía ‘Norman Mailer. La vida de un tipo duro’ (Erasmus). Las mujeres ocuparon un lugar central en esa colección de excesos. Se casó seis veces, tuvo nueve hijos, fue infiel –«quería acostarse con tantas mujeres como pudiera»– y maltrató a varias esposas. A una de ellas, Adele Morales , estuvo a punto de matarla, en una larga noche de alcohol y peleas. Mailer la apuñaló con una navaja dos veces, una en la espalda y otra a menos de medio centímetro del corazón. Se ha contado que Adele lo provocó y que Mailer intentó impedir que la socorrieran: «No la toquéis. Dejad morir a esta perra». Bradford advierte que nada de eso está confirmado: los pocos testigos estaban demasiado borrachos o, simplemente, prefirieron callar. El caso se diluyó con el tiempo. Adele se negó a presentar cargos; incluso dijo que eran «perfectamente felices juntos». Mailer consiguió que un informe señalara que había sufrido un «brote paranoico agudo con pensamientos delirantes» y se libró de la cárcel.Con el paso de los años, Adele Morales describiría en sus memorias una relación marcada por el miedo, las infidelidades y los cambios bruscos de carácter de Mailer. ¿Cómo pudo salir indemne de aquello? Sin duda influyó el enorme prestigio intelectual del que gozaba tras haber escrito ‘Los desnudos y los muertos’ (1948). «Mailer fue tratado con generosidad –escribe Bradford–, en parte porque los testigos ofrecieron versiones vagas o contradictorias […]. Quizás se le concedió una exención por su condición de escritor». Y seguro que también influyó esa inquietante fascinación que Estados Unidos tenía por los genios indisciplinados. Los años siguientes fueron los más brillantes de su carrera. Publicó ‘Los ejércitos de la noche’ (1968), sobre las protestas contra la guerra de Vietnam, se consolidó como figura clave del Nuevo Periodismo y ganó el primero de sus dos Pulitzer.Peleas con escritoresA Mailer le gustaba la fama y buscaba el escándalo, también despreciando, cuando no insultando, a otros escritores. De J. D. Salinger dijo: «No es más que la mente más brillante que jamás haya llegado a superar la escuela preparatoria». De Sawl Bellow : «No puedo tomarlo en serio como gran novelista». Y, sobre las mujeres escritoras de la época: «No soy capaz de leerlas… el olor que me desprende la tinta de las mujeres es siempre afeminado, anticuado, cursi, diminuto, demasiado psicótico, lisiado, espeluznante, a la moda, frígido…». A aquella generación –la de Mailer, Gore Vidal, Truman Capote, Tom Wolfe o John Updike– la unía «un sentimiento de desprecio mutuo, solo atenuado por elogios ambiguos», según Bradford. Vidal fue su gran rival. Mailer lo odiaba y llegó a propinarle varios puñetazos en público, dos veces en cócteles y una vez en televisión, en el programa de Dick Cavett . «Una vez más, te faltan las palabras», le dijo Vidal tras ser agredido. Antes de golpearle, Mailer había acusado a Vidal de «asesinar» a Kerouac y al público le pareció todo divertidísimo. Con James Baldwin también se las tuvo. Se conocieron en París y al principio congeniaron, pero pronto Baldwin vio que Mailer lo trataba como un «antropólogo desalmado» que estudiaba a una «nueva subespecie de la humanidad», para utilizarlo como material de su obra ‘El negro blanco’. Según Baldwin, la obra reforzaba el estereotipo racista de los negros como maníacos sexuales indisciplinados.Mailer se presentó dos veces a la alcaldía de Nueva York, la segunda vez junto al periodista Jimmy BreslinMailer se presentó dos veces a la alcaldía de Nueva York. La primera campaña la lanzó el mismo día que acabó apuñalando a su esposa. En la segunda, en 1969, compitió en las primarias demócratas junto al periodista Jimmy Breslin con un programa delirante: convertir Nueva York en el estado 51, prohibir los coches privados en Manhattan, repartir bicicletas comunitarias y decretar un «domingo dulce» al mes sin electricidad ni transporte. A una votante que le preguntó cómo se retiraría la nieve sin quitanieves, respondió que «mearía sobre ella». Incontenible, hasta quedó ligado a un crimen. A finales de los setenta, se había estado carteando con Jack Henry Abbott , un convicto que cumplía condena por asesinato, y usó su influencia para sacarlo de la cárcel. Incluso lo ayudó a publicar un libro que incluía algunas de esas cartas. Seis semanas después de quedar en libertad, Abbott apuñaló hasta la muerte a Richard Adán, un camarero de 22 años, por una disputa sobre el uso de un baño. Mailer testificó a su favor y dijo estar dispuesto a «correr el riesgo» de que Abbott volviera a matar para salvar su talento. Mailer sostenía que Estados Unidos nunca había dado un Tolstói ni un Stendhal, y nunca tendría su Gran Novela Americana. Bradford replica que lo más parecido a esa novela imposible fue la propia vida de Mailer: «Su vida se acerca, tanto como se puede, a la Gran Novela Americana». Norman Mailer (Nueva Jersey, 1923; Nueva York, 2007) hoy sería carne de cancelación. Excesivo, pendenciero, provocador, mujeriego y egocéntrico, acumuló episodios que arruinarían a cualquier personaje público. Él, sin embargo, sobrevivió a todo. Fue toda una celebridad cultural: ganó dos premios Pulitzer, impulsó el Nuevo Periodismo e intentó ser alcalde de Nueva York. Tuvo una vida «maravillosamente grotesca y adictiva», resume Richard Bradford en la biografía ‘Norman Mailer. La vida de un tipo duro’ (Erasmus). Las mujeres ocuparon un lugar central en esa colección de excesos. Se casó seis veces, tuvo nueve hijos, fue infiel –«quería acostarse con tantas mujeres como pudiera»– y maltrató a varias esposas. A una de ellas, Adele Morales , estuvo a punto de matarla, en una larga noche de alcohol y peleas. Mailer la apuñaló con una navaja dos veces, una en la espalda y otra a menos de medio centímetro del corazón. Se ha contado que Adele lo provocó y que Mailer intentó impedir que la socorrieran: «No la toquéis. Dejad morir a esta perra». Bradford advierte que nada de eso está confirmado: los pocos testigos estaban demasiado borrachos o, simplemente, prefirieron callar. El caso se diluyó con el tiempo. Adele se negó a presentar cargos; incluso dijo que eran «perfectamente felices juntos». Mailer consiguió que un informe señalara que había sufrido un «brote paranoico agudo con pensamientos delirantes» y se libró de la cárcel.Con el paso de los años, Adele Morales describiría en sus memorias una relación marcada por el miedo, las infidelidades y los cambios bruscos de carácter de Mailer. ¿Cómo pudo salir indemne de aquello? Sin duda influyó el enorme prestigio intelectual del que gozaba tras haber escrito ‘Los desnudos y los muertos’ (1948). «Mailer fue tratado con generosidad –escribe Bradford–, en parte porque los testigos ofrecieron versiones vagas o contradictorias […]. Quizás se le concedió una exención por su condición de escritor». Y seguro que también influyó esa inquietante fascinación que Estados Unidos tenía por los genios indisciplinados. Los años siguientes fueron los más brillantes de su carrera. Publicó ‘Los ejércitos de la noche’ (1968), sobre las protestas contra la guerra de Vietnam, se consolidó como figura clave del Nuevo Periodismo y ganó el primero de sus dos Pulitzer.Peleas con escritoresA Mailer le gustaba la fama y buscaba el escándalo, también despreciando, cuando no insultando, a otros escritores. De J. D. Salinger dijo: «No es más que la mente más brillante que jamás haya llegado a superar la escuela preparatoria». De Sawl Bellow : «No puedo tomarlo en serio como gran novelista». Y, sobre las mujeres escritoras de la época: «No soy capaz de leerlas… el olor que me desprende la tinta de las mujeres es siempre afeminado, anticuado, cursi, diminuto, demasiado psicótico, lisiado, espeluznante, a la moda, frígido…». A aquella generación –la de Mailer, Gore Vidal, Truman Capote, Tom Wolfe o John Updike– la unía «un sentimiento de desprecio mutuo, solo atenuado por elogios ambiguos», según Bradford. Vidal fue su gran rival. Mailer lo odiaba y llegó a propinarle varios puñetazos en público, dos veces en cócteles y una vez en televisión, en el programa de Dick Cavett . «Una vez más, te faltan las palabras», le dijo Vidal tras ser agredido. Antes de golpearle, Mailer había acusado a Vidal de «asesinar» a Kerouac y al público le pareció todo divertidísimo. Con James Baldwin también se las tuvo. Se conocieron en París y al principio congeniaron, pero pronto Baldwin vio que Mailer lo trataba como un «antropólogo desalmado» que estudiaba a una «nueva subespecie de la humanidad», para utilizarlo como material de su obra ‘El negro blanco’. Según Baldwin, la obra reforzaba el estereotipo racista de los negros como maníacos sexuales indisciplinados.Mailer se presentó dos veces a la alcaldía de Nueva York, la segunda vez junto al periodista Jimmy BreslinMailer se presentó dos veces a la alcaldía de Nueva York. La primera campaña la lanzó el mismo día que acabó apuñalando a su esposa. En la segunda, en 1969, compitió en las primarias demócratas junto al periodista Jimmy Breslin con un programa delirante: convertir Nueva York en el estado 51, prohibir los coches privados en Manhattan, repartir bicicletas comunitarias y decretar un «domingo dulce» al mes sin electricidad ni transporte. A una votante que le preguntó cómo se retiraría la nieve sin quitanieves, respondió que «mearía sobre ella». Incontenible, hasta quedó ligado a un crimen. A finales de los setenta, se había estado carteando con Jack Henry Abbott , un convicto que cumplía condena por asesinato, y usó su influencia para sacarlo de la cárcel. Incluso lo ayudó a publicar un libro que incluía algunas de esas cartas. Seis semanas después de quedar en libertad, Abbott apuñaló hasta la muerte a Richard Adán, un camarero de 22 años, por una disputa sobre el uso de un baño. Mailer testificó a su favor y dijo estar dispuesto a «correr el riesgo» de que Abbott volviera a matar para salvar su talento. Mailer sostenía que Estados Unidos nunca había dado un Tolstói ni un Stendhal, y nunca tendría su Gran Novela Americana. Bradford replica que lo más parecido a esa novela imposible fue la propia vida de Mailer: «Su vida se acerca, tanto como se puede, a la Gran Novela Americana». Norman Mailer (Nueva Jersey, 1923; Nueva York, 2007) hoy sería carne de cancelación. Excesivo, pendenciero, provocador, mujeriego y egocéntrico, acumuló episodios que arruinarían a cualquier personaje público. Él, sin embargo, sobrevivió a todo. Fue toda una celebridad cultural: ganó dos premios Pulitzer, impulsó el Nuevo Periodismo e intentó ser alcalde de Nueva York. Tuvo una vida «maravillosamente grotesca y adictiva», resume Richard Bradford en la biografía ‘Norman Mailer. La vida de un tipo duro’ (Erasmus). Las mujeres ocuparon un lugar central en esa colección de excesos. Se casó seis veces, tuvo nueve hijos, fue infiel –«quería acostarse con tantas mujeres como pudiera»– y maltrató a varias esposas. A una de ellas, Adele Morales , estuvo a punto de matarla, en una larga noche de alcohol y peleas. Mailer la apuñaló con una navaja dos veces, una en la espalda y otra a menos de medio centímetro del corazón. Se ha contado que Adele lo provocó y que Mailer intentó impedir que la socorrieran: «No la toquéis. Dejad morir a esta perra». Bradford advierte que nada de eso está confirmado: los pocos testigos estaban demasiado borrachos o, simplemente, prefirieron callar. El caso se diluyó con el tiempo. Adele se negó a presentar cargos; incluso dijo que eran «perfectamente felices juntos». Mailer consiguió que un informe señalara que había sufrido un «brote paranoico agudo con pensamientos delirantes» y se libró de la cárcel.Con el paso de los años, Adele Morales describiría en sus memorias una relación marcada por el miedo, las infidelidades y los cambios bruscos de carácter de Mailer. ¿Cómo pudo salir indemne de aquello? Sin duda influyó el enorme prestigio intelectual del que gozaba tras haber escrito ‘Los desnudos y los muertos’ (1948). «Mailer fue tratado con generosidad –escribe Bradford–, en parte porque los testigos ofrecieron versiones vagas o contradictorias […]. Quizás se le concedió una exención por su condición de escritor». Y seguro que también influyó esa inquietante fascinación que Estados Unidos tenía por los genios indisciplinados. Los años siguientes fueron los más brillantes de su carrera. Publicó ‘Los ejércitos de la noche’ (1968), sobre las protestas contra la guerra de Vietnam, se consolidó como figura clave del Nuevo Periodismo y ganó el primero de sus dos Pulitzer.Peleas con escritoresA Mailer le gustaba la fama y buscaba el escándalo, también despreciando, cuando no insultando, a otros escritores. De J. D. Salinger dijo: «No es más que la mente más brillante que jamás haya llegado a superar la escuela preparatoria». De Sawl Bellow : «No puedo tomarlo en serio como gran novelista». Y, sobre las mujeres escritoras de la época: «No soy capaz de leerlas… el olor que me desprende la tinta de las mujeres es siempre afeminado, anticuado, cursi, diminuto, demasiado psicótico, lisiado, espeluznante, a la moda, frígido…». A aquella generación –la de Mailer, Gore Vidal, Truman Capote, Tom Wolfe o John Updike– la unía «un sentimiento de desprecio mutuo, solo atenuado por elogios ambiguos», según Bradford. Vidal fue su gran rival. Mailer lo odiaba y llegó a propinarle varios puñetazos en público, dos veces en cócteles y una vez en televisión, en el programa de Dick Cavett . «Una vez más, te faltan las palabras», le dijo Vidal tras ser agredido. Antes de golpearle, Mailer había acusado a Vidal de «asesinar» a Kerouac y al público le pareció todo divertidísimo. Con James Baldwin también se las tuvo. Se conocieron en París y al principio congeniaron, pero pronto Baldwin vio que Mailer lo trataba como un «antropólogo desalmado» que estudiaba a una «nueva subespecie de la humanidad», para utilizarlo como material de su obra ‘El negro blanco’. Según Baldwin, la obra reforzaba el estereotipo racista de los negros como maníacos sexuales indisciplinados.Mailer se presentó dos veces a la alcaldía de Nueva York, la segunda vez junto al periodista Jimmy BreslinMailer se presentó dos veces a la alcaldía de Nueva York. La primera campaña la lanzó el mismo día que acabó apuñalando a su esposa. En la segunda, en 1969, compitió en las primarias demócratas junto al periodista Jimmy Breslin con un programa delirante: convertir Nueva York en el estado 51, prohibir los coches privados en Manhattan, repartir bicicletas comunitarias y decretar un «domingo dulce» al mes sin electricidad ni transporte. A una votante que le preguntó cómo se retiraría la nieve sin quitanieves, respondió que «mearía sobre ella». Incontenible, hasta quedó ligado a un crimen. A finales de los setenta, se había estado carteando con Jack Henry Abbott , un convicto que cumplía condena por asesinato, y usó su influencia para sacarlo de la cárcel. Incluso lo ayudó a publicar un libro que incluía algunas de esas cartas. Seis semanas después de quedar en libertad, Abbott apuñaló hasta la muerte a Richard Adán, un camarero de 22 años, por una disputa sobre el uso de un baño. Mailer testificó a su favor y dijo estar dispuesto a «correr el riesgo» de que Abbott volviera a matar para salvar su talento. Mailer sostenía que Estados Unidos nunca había dado un Tolstói ni un Stendhal, y nunca tendría su Gran Novela Americana. Bradford replica que lo más parecido a esa novela imposible fue la propia vida de Mailer: «Su vida se acerca, tanto como se puede, a la Gran Novela Americana». RSS de noticias de cultura
