Hay un amigo con el que quedas para correr. Quedar para correr no es cualquier cosa, pues exige una intimidad especial, que es la del sudor: el mundo se divide en las personas con las que hemos sudado y con las que no, da igual dónde, pero estas saben cosas de nosotros. Cosas que no se cuentan.A esta intimidad líquida hay que sumarle otra, que es la del silencio, pues en la carrera se habla como con una novia enfadada, preguntando en corto y sin esperar grandes disquisiciones: si corres bien hablas mal, y viceversa, por eso hay que sospechar de los futbolistas protestones. Es difícil no ver en Sánchez y Cuerpo corriendo por la dehesa una estampa de documental de La 2, con ese jabalí que nos dice algo, pero en un idioma animal, anterior a las ventanas de oportunidad, aunque posterior a la separación de poderes. Todo nos remite al trote cochinero. Ya casi escucho a Félix Rodríguez de la Fuente desde la encina: ahí tienen al macho cincuentón, que lidera la carrera, y el cuarentón trata de seguirle el ritmo, para no renunciar al relevo al frente de la manada; escuchen el resuello. El vídeo (qué vídeo) nos remite a la política fit. Hubo un tiempo en el que el prestigio político se demostraba fumando: el hombre que fumaba estaba pensando, maquinando, sabía algo importante y callaba algo más importante aún. El hombre que estaba fumando estaba mandando, y el puro era para celebrar. Ya no. La política es otra cosa, ya no un arte sino un deporte, por eso el prestigio se demuestra con la bici de los domingos, con el baloncesto (Obama, Mamdani), con el running. También con el pectoral (Putin, Abascal). No con el pádel, que es fofifit. La segunda vez que Carrère viajó con Macron para retratarlo, en 2025, escribió: «Había imaginado que mi segundo retrato de él sería muy diferente del primero, la caída del Imperio Romano después de su apogeo, especialmente porque algunos me habían dicho que ahora estaba sombrío, atormentado, abandonado por todos, con las uñas mordidas hasta la médula, vagando por los pasillos de un palacio presidencial donde ya no se toman decisiones (…) Parecía prácticamente igual, salvo por el hecho de que claramente le ha dado por levantar pesas y que, con una camiseta negra ajustada, exhibía unos bíceps impresionantes, que no se conformaba con exhibir, sino que amasaba con visible satisfacción».Pocas cosas hay más insanas que el poder, por eso la política fit es simplemente otra versión de la posverdad. Quiero decir: ¿quién queda para correr con su jefe? Hay un amigo con el que quedas para correr. Quedar para correr no es cualquier cosa, pues exige una intimidad especial, que es la del sudor: el mundo se divide en las personas con las que hemos sudado y con las que no, da igual dónde, pero estas saben cosas de nosotros. Cosas que no se cuentan.A esta intimidad líquida hay que sumarle otra, que es la del silencio, pues en la carrera se habla como con una novia enfadada, preguntando en corto y sin esperar grandes disquisiciones: si corres bien hablas mal, y viceversa, por eso hay que sospechar de los futbolistas protestones. Es difícil no ver en Sánchez y Cuerpo corriendo por la dehesa una estampa de documental de La 2, con ese jabalí que nos dice algo, pero en un idioma animal, anterior a las ventanas de oportunidad, aunque posterior a la separación de poderes. Todo nos remite al trote cochinero. Ya casi escucho a Félix Rodríguez de la Fuente desde la encina: ahí tienen al macho cincuentón, que lidera la carrera, y el cuarentón trata de seguirle el ritmo, para no renunciar al relevo al frente de la manada; escuchen el resuello. El vídeo (qué vídeo) nos remite a la política fit. Hubo un tiempo en el que el prestigio político se demostraba fumando: el hombre que fumaba estaba pensando, maquinando, sabía algo importante y callaba algo más importante aún. El hombre que estaba fumando estaba mandando, y el puro era para celebrar. Ya no. La política es otra cosa, ya no un arte sino un deporte, por eso el prestigio se demuestra con la bici de los domingos, con el baloncesto (Obama, Mamdani), con el running. También con el pectoral (Putin, Abascal). No con el pádel, que es fofifit. La segunda vez que Carrère viajó con Macron para retratarlo, en 2025, escribió: «Había imaginado que mi segundo retrato de él sería muy diferente del primero, la caída del Imperio Romano después de su apogeo, especialmente porque algunos me habían dicho que ahora estaba sombrío, atormentado, abandonado por todos, con las uñas mordidas hasta la médula, vagando por los pasillos de un palacio presidencial donde ya no se toman decisiones (…) Parecía prácticamente igual, salvo por el hecho de que claramente le ha dado por levantar pesas y que, con una camiseta negra ajustada, exhibía unos bíceps impresionantes, que no se conformaba con exhibir, sino que amasaba con visible satisfacción».Pocas cosas hay más insanas que el poder, por eso la política fit es simplemente otra versión de la posverdad. Quiero decir: ¿quién queda para correr con su jefe?

Hay un amigo con el que quedas para correr. Quedar para correr no es cualquier cosa, pues exige una intimidad especial, que es la del sudor: el mundo se divide en las personas con las que hemos sudado y con las que no, da igual dónde, pero estas saben cosas de nosotros. Cosas que no se cuentan.
A esta intimidad líquida hay que sumarle otra, que es la del silencio, pues en la carrera se habla como con una novia enfadada, preguntando en corto y sin esperar grandes disquisiciones: si corres bien hablas mal, y viceversa, por eso hay que sospechar de los futbolistas protestones.
Es difícil no ver en Sánchez y Cuerpo corriendo por la dehesa una estampa de documental de La 2, con ese jabalí que nos dice algo, pero en un idioma animal, anterior a las ventanas de oportunidad, aunque posterior a la separación de poderes. Todo nos remite al trote cochinero. Ya casi escucho a Félix Rodríguez de la Fuente desde la encina: ahí tienen al macho cincuentón, que lidera la carrera, y el cuarentón trata de seguirle el ritmo, para no renunciar al relevo al frente de la manada; escuchen el resuello.
El vídeo (qué vídeo) nos remite a la política fit. Hubo un tiempo en el que el prestigio político se demostraba fumando: el hombre que fumaba estaba pensando, maquinando, sabía algo importante y callaba algo más importante aún. El hombre que estaba fumando estaba mandando, y el puro era para celebrar. Ya no. La política es otra cosa, ya no un arte sino un deporte, por eso el prestigio se demuestra con la bici de los domingos, con el baloncesto (Obama, Mamdani), con el running. También con el pectoral (Putin, Abascal). No con el pádel, que es fofifit.
La segunda vez que Carrère viajó con Macron para retratarlo, en 2025, escribió: «Había imaginado que mi segundo retrato de él sería muy diferente del primero, la caída del Imperio Romano después de su apogeo, especialmente porque algunos me habían dicho que ahora estaba sombrío, atormentado, abandonado por todos, con las uñas mordidas hasta la médula, vagando por los pasillos de un palacio presidencial donde ya no se toman decisiones (…) Parecía prácticamente igual, salvo por el hecho de que claramente le ha dado por levantar pesas y que, con una camiseta negra ajustada, exhibía unos bíceps impresionantes, que no se conformaba con exhibir, sino que amasaba con visible satisfacción».
Pocas cosas hay más insanas que el poder, por eso la política fit es simplemente otra versión de la posverdad. Quiero decir: ¿quién queda para correr con su jefe?
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